La historia de la ciencia no sólo enriquece el propio conocimiento científico, sino que también ilumina aspectos muy interesantes de la condición humana.
Por ejemplo, consideremos la siguiente pregunta: ¿qué edad tiene la Tierra? Hoy podemos contestarla con bastante precisión: unos 4.500 millones de años (por ponerlo en número redondos), y esa datación se basa en la transformación de uranio en plomo en fragmentos de meteorito que se remontan al periodo de formación del sistema solar. Sin embargo, si tenemos en cuenta cómo ha ido cambiando la respuesta que la ciencia ha dado a esa pregunta a lo largo de la historia, obtendremos una imagen mucho más rica que llega incluso a iluminar aspectos de nuestra condición humana.
Empecemos reconociendo que esa cuestión , ¿cuál es la edad de la Tierra?, ha sido endiabladamente difícil de resolver, a pesar de su aparente inocencia.

Tanto que, hasta fechas tan recientes como el siglo XVII, la respuesta era más teológica que científica. Así, uno de los cálculos sobre la edad de la Tierra más célebres y sorprendentes, por su aparente precisión, fue propuesto por James Ussher (1581-1656), arzobispo anglicano de Armagh y Primado de Irlanda. Donde pudo, sumó cuidadosamente la duración de las sagas bíblicas del Antiguo Testamento, y, donde no, usó otras cronologías y argumentos simbólicos y escatológicos; después de lo cual Ussher concluyó que el mundo había sido creado el 23 de octubre del año 4004 a.C. al mediodía –la fecha corresponde al calendario Juliano todavía en uso en Gran Bretaña en el siglo XVII–. Los detalles de sus cómputos los publicó en 1650 en un grueso volumen titulado Anales del Antiguo Testamento. La celebridad del cálculo de Ussher seguramente se deba a que fue incluido en algunas ediciones de la influyente Biblia del rey Jacobo –todavía hoy, de hecho, se incluye como información adicional en algunas Biblias fundamentalistas–, y a la indudable vis cómica que tiene su predicción. No le extrañará al lector que la precisión de Ussher haya sido y seguirá siendo durante bastante tiempo objeto de mofa.


Los cálculos cronológicos de Ussher entran dentro de una tradición que incluye al enciclopedista inglés Beda el Venerable (672-735), o a científicos de la talla de Johannes Kepler e incluso a Isaac Newton, cuyas estimaciones sitúan la creación del mundo hacia el 4000 a.C. Newton se vio obligado a publicar sus estudios sobre el tema cuando, en 1716, la princesa de Gales le solicitó una copia de sus cronologías sobre los reinos del Antiguo Testamento. La petición real le puso en un compromiso: antes de dar a conocer sus estudios necesitaba depurarlos de posibles aseveraciones arrianas. Newton optó por entregarle sólo un bosquejo, que acabó publicándose. El extracto recibió críticas severas, sobre todo en Francia, por lo que Newton decidió, como contestación, publicar el tratado completo. En eso estaba cuando murió en marzo de 1727; el manuscrito íntegro se publicó póstumamente en 1728. En la Cronología, Newton defendió que la Biblia es la más fiable y antigua fuente histórica que poseemos, mejor por tanto que las fuentes griegas, fenicias, babilónicas y egipcias; para datar determinados acontecimientos bíblicos, Newton utilizó sus conocimientos científicos, ayudándose, por ejemplo, de efemérides de eclipses y cometas. Tanto Ussher como Newton fueron antipapistas. En el caso de Newton, uno de los mayores que haya habido nunca en Inglaterra –que ya es decir–; así, encontramos en sus manuscritos teológicos algunas de las más duras diatribas contra la Iglesia católica jamás escritas: «Idólatra», «blasfema», «fornicadora espiritual», «adoradora de indignos y despreciables plebeyos en sus podridas reliquias», son algunas de las lindezas que Newton le dedicó. En 1626 Ussher escribía sobre los católicos: «La religión de los papistas es supersticiosa e idólatra. Su fe y doctrina equivocada y herética. Su Iglesia apóstata. De manera que ser tolerantes con ellos o consentir que puedan ejercer libremente su religión es un grave pecado». A pesar de lo cual Ussher era considerado un moderado. Y probablemente lo fuera, a la manera en que se podía ser moderado en la turbulenta época de la guerra civil inglesa, donde Ussher fue una figura política. Por orden del rey Carlos I, tuvo que mediar con los católicos irlandeses durante su revuelta de 1641; y cuando al año siguiente estalló la guerra civil, su carácter moderado le situó a medio camino entre los más puritanos parlamentarios y los leales al rey. Tuvo que decantarse por el rey, pero supo maniobrar cuando la derrota de este empezó a consumarse y consiguió la protección de la condesa de Peterborough. Desde los tejados de la casa de la condesa en Londres asistió a la ejecución del rey, y las crónicas aseguran que se desmayó cuando el hacha caía. A pesar de sus devaneos monárquicos, Oliver Cromwell ordenó para Ussher un funeral de estado cuando murió en 1656 y, como Newton, está enterrado en la Abadía de Westminster.

Newton también intercambió correspondencia con Thomas Burnet (1635-1715), autor de Teoría sagrada de la Tierra, donde defendía que la faz del planeta había sido modelada por el diluvio universal y donde estimaba, en la línea de Ussher, una antigüedad para la Tierra en torno a 6.000 años. Aunque elogió el libro de Burnet, Newton no estaba de acuerdo con el papel primordial del diluvio y planteó una idea interesante sobre la cronología: Dios creó la Tierra el primer día, pero la dotó de un movimiento de rotación muchísimo más lento que ahora, y por tanto los días siguientes pudieron ser de una extensión temporal enorme. A Burnet no le gustó la idea, entre otras razones, porque no entendía cómo luego la rotación de la Tierra se aceleró tanto; además: «Si los días eran tan largos, qué tristes serían las noches», le respondió con melancolía a Newton. La primera objeción de Burnet no preocupó nunca a Newton, quien daba por hecha la intervención de tanto en tanto de Dios en el universo para evitar su colapso, como un relojero que tuviera de vez en cuando que ajustar su reloj, y así lo expuso implícitamente en la Óptica; esto le valió un severo tirón de orejas del siempre atento Leibniz: «El señor Newton y sus seguidores tienen también una opinión muy graciosa acerca de la obra de Dios. Según ellos, Dios tiene necesidad de poner a punto de vez en cuando su reloj. De otro modo dejaría de moverse. Esta máquina de Dios es también tan imperfecta que está obligado a ponerla en orden de vez en cuando por medio de una ayuda extraordinaria, e, incluso, a repararla, como haría un relojero con su obra». La cuestión de las largas noches tristes tampoco suponía problema para Newton: «Y por qué no podrían las aves y los peces soportar una noche tan larga, si en Groenlandia estos y otros animales soportan muchas».

Pero, para los que defendían una visión bíblica de los tiempos, lo de los largos días iniciales de la creación suponía una buena solución para alargar la edad de la Tierra. Y así lo explicó el pastor anglicano y catedrático de Oxford William Buckland (1784-1856), quien razonó que la Tierra fue creada no el primer día, sino «en el principio», y que ese principio pudo haber durado una enorme cantidad de años. Buckland fue el primer naturalista que trató el hallazgo de huesos de dinosaurio desde la perspectiva de la geología y la paleontología, que nacieron como ciencias, en el sentido moderno del término, a finales del siglo XVIII. Buckland fue un perfeccionista singular; en la descripción de un ictiosauro dedicó toda una sección a describir como podrían haber sido parte de sus intestinos, infiriendo la forma a partir de las heces fósiles del animal: «Y lo hizo –escribió Stephen Jay Gould–, deleitándose en la prueba del inmenso cuidado y la atención al detalle con que Dios creó el mundo, incluso en aquellas estructuras que aun siendo perecederas no dejan de ser importantes».
Buckland ha pasado a la historia por el interminable catálogo de excentricidades que adornaron su biografía. De entre ellas cabe destacar su pasión por comer variado. Buckland elevó esta máxima de la culinaria moderna a acto de fe, y a lo largo de su vida procuró probar todo bicho viviente que se pusiera a tiro: serpientes, águilas, primates, hámster, cocodrilos o topillos –hasta llegó a degustar parte del corazón momificado de Luis XIV, el todopoderoso rey sol de Francia–. Y no es que todo le supiera bien, pues, por ejemplo, encontraba repugnantes los topillos, pero, ¿quién dijo que hacer avanzar la ciencia fuera tarea agradable?
Para alguien delicado de estómago como Charles Darwin, lidiar con Buckland no debió ser plato de gusto: «Aunque es un hombre de buena naturaleza y muy buen humor –dijo de él–, me resulta vulgar y casi grosero. Siempre se movía por un deseo de notoriedad, que muchas veces le hacía actuar como un bufón, más que por amor a la ciencia».
Dejamos para la segunda y tercera partes de esta entrada, los cálculos más científicos sobre la edad de la Tierra que se hicieron a partir del siglo XIX.
Referencias
Antonio J. Durán, El universo sobre nosotros, Crítica, Barcelona, 2015.