Vivimos en un mundo con abundancia de información pero escasez de conocimiento, y ante tal circunstancia son nuestras instituciones académicas (las universidades, los centros de investigación, las academias) las luces que nos pueden guiar en las tinieblas del desconocimiento. Tal guía es indispensable para afrontar problemas multidisciplinares como los enunciados en el título de esta entrada: la crisis de la Biodiversidad, el cambio global, las pandemias, y las consecuencias de todo ello para el futuro del bienestar humano. El reto que se nos presenta es enorme ya que, por un lado, afrontamos varios grandes problemas que se sitúan en las fronteras del conocimiento humano y, por otro, el hecho perverso de que tales problemas se hallan interconectados- relacionados e interdependientes entre sí.
El estudio de la Biodiversidad se ha centrado en la cuantificación y estima del número de especies y la distribución de las abundancias entre ellas. «Biodiversidad», es una palabra compuesta a partir del concepto de «diversidad biológica». El término Biodiversidad fue acuñado en 1985 por Walter G. Rosen para “The National Forum on Biodiversity,” una conferencia celebrada en Washington DC en 1986 cuyas actas fueron editadas por Wilson en 1988 bajo el título Biodiversidad. Se consagró formalmente en la política internacional cuando entró en vigor en 1993 el Convenio de las Naciones Unidas sobre la Diversidad Biológica (CDB) y, posteriormente, al implementar el Panel Intergubernamental sobre Biodiversidad y Servicios Ecosistémicos (IPBES). Así, biodiversidad es el conjunto de formas de vida que habitan el planeta Tierra.

| Resumen histórico de las pandemias sufridas por la humanidad, indicando el número de fallecidos. La mayor parte de las más recientes (desde 1800) estuvieron invariablemente asociadas a alteraciones medio-ambientales. Fuente: https://www.buckinstitute.org |
Aquí nos encontramos ante uno de los grandes retos del conocimiento: ¿cuántas especies existen en nuestro planeta? No sabemos. Hay aproximadamente dos millones de especies eucariotas conocidas en la Tierra, de los cuales aproximadamente la mitad son insectos y aproximadamente una quinta parte son plantas vasculares (en su mayoría plantas con flores). Los eucariotas restantes incluyen una amplia variedad de formas de vida, dominadas por hongos (aproximadamente el siete por ciento), con todos los vertebrados que representan sólo aproximadamente el cuatro por ciento del total de especies conocidas. Esta estimación resulta en ocho con siete millones de especies eucariotas y, claro, no incluye la enorme biodiversidad de vida procariota (microorganismos).
Pero el concepto de biodiversidad contiene algo más que sólo especies; se refiere también a la riqueza de sus relaciones ecológicas. Aparte de las interacciones entre especies que son beneficiosas para ambas partes, tenemos también interacciones con consecuencias negativas: depredación, parasitismo, patógenos, etc., de tal modo que la Biodiversidad se ve rápidamente implicada en los aspectos de salud y bienestar humanos. Es lo que conocemos como «ecología de la enfermedad», que tiene que ver fundamentalmente con los aspectos de origen de las epidemias y pandemias que padece la humanidad.
La pandemia COVID-19, causada por un nuevo coronavirus, el SARS-CoV-2, se convirtió en pocos meses en una amenaza para la humanidad, desencadenando la peor crisis sanitaria de este siglo. Más de setecientos millones de personas fueron infectadas por el virus y más de siete millones fallecidas en todo el mundo como resultado de esta infección, con estimas de muertes reales (indirectamente relacionadas; lo que epidemiólogos denominan exceso en mortalidad) entre dieciocho y treinta dos millones de personas. A mediados de Abril de 2020, sólo unos dos meses tras la primera alarma sobre COVID-19 y el SARS-Cov 2, publiqué en el diario El Mundo un artículo de opinión que me solicitaron sobre el origen de la pandemia; una reflexión que titulé «Las puertas de la pandemia«. En este artículo no me centré en la polémica sobre el origen del virus y la infección, sino que reflexionaba sobre lo que estaba aconteciendo con la perspectiva de lo que habíamos aprendido de pandemias previas de origen zoonótico. ¿Porqué? Invariablemente, en la mayor parte de los casos, las últimas grandes pandemias de la humanidad han estado relacionadas con graves alteraciones de la naturaleza y los ecosistemas naturales.

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Impactos de las zoonosis más recientes y factores ambientales intervinientes. Fuente: UNEP Frontiers 2016 Report. |
La mayor parte de las pandemias tienen origen zoonótico: virus (u otros microorganismos como bacterias, protozoos, etc.) que normalmente se hospedan en animales «saltan» a humanos en ciertas condiciones. Causan las llamadas enfermedades zoonóticas, o zoonosis. Entre ellas están VIH, gripe H1N1, gripe aviar, la enfermedad de Lyme, MERS, rabia, Zika, West Nile, malaria, hantavirus, ébola, etc. Normalmente no hay efectos negativos en la especie hospedadora que aloja a los virus en condiciones naturales, pero al pasar a humanos sí puede iniciar patologías. Es lo que se conoce como spillover, la excedencia del virus a nuevos hospedadores, humanos en este caso. ¿Cuándo acontece? No en vano Sir Peter Medawar, premio Nobel de Medicina y Fisiología (1960) definía a los virus como “un trozo de ADN rodeado de malas noticias”; hemos de ser capaces de afrontar estas “malas noticias”.
No hay muchas especies de vertebrados que sean hospedadores de virus potencialmente zoonóticos. Pero realmente no lo sabemos con certeza, porque desconocemos la biodiversidad de los virus en la naturaleza, al igual que desconocemos cuántas especies de seres vivos hay en el planeta. Estimamos que conocemos sólo un 1% de los virus existentes; y que seis de cada diez de nuestras enfermedades infecciosas (no sólo por virus) tienen origen zoonótico. Ahora bien, se estima que sólo un 0,1% de todos los virus con potencial patogénico para humanos han pasado ya realmente de animales al hombre. O sea, no cabe duda de que tendremos más pandemias causadas por nuevos virus. Por el momento, son unas 220 «especies» de virus las registradas como patogénicas en humanos- pero tengamos en cuenta que los virus son mejor definidos como cuasi-especies, grupos complejos de genomas no-idénticos.
En 2013, S.J. Anthony y otros investigadores de la alianza EcoHealth buscaron sistemáticamente todos los virus hospedados por una única especie animal: el zorro volador índico, el gran murciélago que es portador del virus Nipah, causante de varias pandemias desde 1999: de 55 virus diferentes encontrados, 50 eran nuevos para la ciencia y 10 de ellos del mismo grupo que el Nipah, pero desconocemos su efecto en humanos. Si esa fuese una diversidad típica de virus hospedados por cada una de las casi 5.500 especies de mamíferos, una estimación conservadora (y muy probablemente errónea) de la diversidad de virus en estos vertebrados sería 320.000 especies, y no menos de 3,2 millones si nos atrevemos sólo a extrapolar a las algo más de 62.000 especies de vertebrados conocidas.
Los planteamientos actuales de acción ante pandemias se basan en responder a las enfermedades después de su aparición con medidas de salud pública y soluciones tecnológicas, en particular el diseño y la distribución rápida de métodos de diagnóstico, nuevas vacunas y terapias. Es decir, actuamos de modo reactivo. La crisis COVID-19 ha demostrado que este es un camino incierto, que requiere tiempo y gran desarrollo científico y tecnológico, debido a su naturaleza reactiva: a medida que esperamos ultimar la vacunación extensiva, el coste humano no deja de aumentar en múltiples facetas (vidas, empleos, colapso económico en numerosos sectores, enfermedad persistente, etc.). Sin potenciar más las estrategias proactivas y preventivas, que contemplen los aspectos meta-sanitarios de las pandemias, éstas podrían volver a repetirse más a menudo, en mayor extensión, y con efectos más devastadores. Hay desarrollos esperanzadores, que se han visto reforzados y apoyados una vez sobrevenida la pandemia COVID-19. Por ejemplo, iniciativas y esfuerzos a diferentes escalas (nacionales, internacionales) para secuenciación y documentación de variantes víricas; exploración de nuevos reservorios silvestres; identificación y seguimiento de posibles brotes pandémicos con eficientes sistemas de alerta temprana.
Aún nos falta mucho por conocer de la biodiversidad vírica. Los virus juegan un papel fundamental en el equilibrio de muchos ecosistemas, pero no tenemos una lista de virus potencialmente infecciosos para humanos simplemente porque aún no hemos prospectado bien su biodiversidad natural. No obstante, hay esfuerzos recientes en esa dirección. Por ejemplo, la Agencia de EEUU para el Desarrollo Internacional (USAID) estableció su programa de Amenazas Emergentes Pandémicas (EPT) en un esfuerzo para identificar y responder a nuevas enfermedades zoonóticas antes de que se propaguen a los humanos. En su subprograma PREDICT, que lleva operativo diez años en 30 países, buscan identificar nuevas enfermedades infecciosas emergentes que podrían convertirse en una amenaza para la salud humana.
PREDICT estima que existen aproximadamente 1,6 millones de especies víricas sólo en aves y mamíferos, de las cuales unas 700.000 podrían tener potencial zoonótico. Por su parte, siguiendo esta línea, el Global Virome Project va a emplear diez años para detectar la mayoría de amenazas víricas no conocidas de la humanidad, un objetivo factible técnicamente si se disponen recursos para ello.
Algunos virus son viejos enemigos nuestros. Los rinovirus resfriaron a los antiguos egipcios, y los retrovirus endógenos invadieron los genomas de nuestros ancestros primates hace decenas de millones de años. Otros virus son más jóvenes. El VIH, por ejemplo, se convirtió en un virus humano hace aproximada-mente un siglo. Y otros apenas comienzan a afectarnos, desenca-denando brotes y temores de nuevas plagas mundiales. Si cerramos puertas a esta excedencia o derrame desde los reservorios naturales, no ocurrirían estos trasvases de enfermedades. Pero hemos abierto muchas veces esas puertas. Una vez abiertas, con más de 7.500 millones de personas en la Tierra, con una movilidad capaz de conectar los rincones más recónditos del planeta en pocas horas, las condiciones para el trasvase de patologías están garantizadas. La humanización de hábitats naturales, la deforestación, el comercio y tráfico de animales silvestres para consumo humano sin regulación, la sobreexplotación ganadera de áreas silvestres, y otras muchas acciones crean condiciones ideales de contacto para que se abran estas puertas a las zoonosis.
Como podemos apreciar, los datos y la historia nos dicen claramente que se han abierto repetidamente estas puertas a las pandemias como consecuencia del uso abusivo de los recursos naturales, de esa relación tóxica con el mundo natural que insistimos en mantener y que debemos revisar urgentemente si no queremos una humanidad abocada a pandemias. Los expertos en salud y vida silvestre nos han alertado en las últimas décadas de los riesgos de salud pública asociados con el contacto descontrolado entre las poblaciones humanas y los animales salvajes, a través de la destrucción del hábitat, comercio ilegal o mal regulado de la vida silvestre, y la venta de la fauna silvestre a través de los “mercados de fresco” no regulados. Las medidas a medio-largo plazo van a requerir acuerdos internacionales al máximo nivel y acciones locales con nuevas medidas de control y regulación de los focos locales potenciales de transmisión de patógenos emergentes.
El actual sistema internacional que regula el comercio de vida silvestre, la lucha contra su comercio ilícito y los delitos contra la vida silvestre de manera más general, es absolutamente insuficiente para contener el alto riesgo en el comercio de vida silvestre y en los mercados y para acabar con los delitos contra ésta. En la actualidad sólo el convenio CITES regula este tipo de tráfico de fauna y flora silvestres, pero únicamente en su ámbito y aspectos comerciales. Sabemos que el tráfico ilegal de fauna silvestre para abastecer mercados no regulados de carne en fresco en Amazonia y en la cuenca del Congo usa redes de tráfico análogas a las de narcotraficantes o traficantes de armamento. Por tanto, precisamos de reformas audaces, necesarias para incluir en el marco internacional del derecho penal los delitos graves contra la vida silvestre. Ello es posible a través de un nuevo acuerdo bajo la Convención de Naciones Unidas contra la Delincuencia Organizada Transnacional (ICCTWC), como ha sido posible para otros graves crímenes organizados de preocupación mundial.

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Trayectorias previstas para el estado de la Biodiversidad planetaria (izqda.) de acuerdo con resoluciones activas de conservación, iniciativas de sostenibilidad, y cambios en pautas de consumo (en verde); sólo aplicando medidas de conservación (naranja); o continuando con las acciones actuales (en gris). Proyecciones (dcha.) del Living Planet Index; el LPI se evalúa de acuerdo con las tendencias poblacionales de abundancia de mamíferos, aves y otros vertebrados en nuestro planeta, para diferentes áreas geográficas. |
Hoy en día, cerca del 60 % de los servicios ecosistémicos considerados en la Evaluación de ecosistemas del Milenio, de las Naciones Unidas, se están degradando o utilizando en forma insostenible, con un agravamiento creciente previsto en la primera mitad de este siglo. La pérdida actual de especies se sitúa dentro de los márgenes de extinción de especies que encontramos en el registro fósil en cualquiera de los cinco eventos de extinción masiva que han acontecido en nuestro planeta, como señala el informe reciente del panel intergubernamental sobre la biodiversidad y servicios ecosistémicos, el IPBES, en 2019. Nuestro reto es poder diagnosticar anticipadamente situaciones de transición crítica global, y tal reto de conocimiento es análogo a los que tenemos para encontrar tratamientos eficientes ante enfermedades devastadoras, que afectan a órganos de alta complejidad como nuestro cerebro (Alzheimer) o en los que intervienen mecanismos de gran complejidad (como el cáncer).
Consideremos el papel social de la ciencia: nuestras academias son una valiosa reserva de conocimiento multidisciplinar que va a ser esencial para abordar estos retos de conocimiento; en su seno es donde vamos a poder encontrar y favorecer las interacciones entre diferentes disciplinas, que serán esenciales para aportar conocimiento y soluciones que continúen garantizando el bienestar humano.