Los números de la infancia condenada a morir de hambre

Han pasado nueve meses desde que el presidente Trump de los Estados Unidos cerrara la agencia de cooperación estadounidense USAID. Posiblemente no fue casual que ese anuncio coincidiera con la celebración en Sevilla de la Cuarta Conferencia Internacional sobre Financiación para el Desarrollo, foro auspiciado por Naciones Unidas y desde el que se empezó a advertir sobre las consecuencias que va a tener esa decisión de Trump. Además de una disminución brutal en la asignación de fondos, la propuesta de Trump consiste en sustituir la ayuda global que llevada a cabo USAID (y en buena medida coordinada con las agencias de la ONU) por acuerdos puntuales y particulares con los gobiernos de los países a los que se decida ayudar (con el riesgo de imposición de cláusulas abusivas, como ya han denunciado algunos de esos países). Entre las razones alegadas por la administración Trump para ese cierre está que esa ayuda acababa engordando ONGs a costa del contribuyente norteamericano y era, por tanto, un despilfarro. Lo obsceno de esas razones queda patente cuando se contraponen con el coste que tendrá la demostración de fuerza de la marina estadounidense en la guerra de Irán, y el derroche que supondrán las miles de toneladas de bombas y decenas de miles de misiles que allí se están usando.

Estudios de las consecuencias que tendrán esos recortes empezaron a aparecer desde principios de 2025 en revistas científicas del prestigio de The Lancet (véase, por ejemplo, el siguiente publicado el pasado 2 de febrero: https://www.thelancet.com/journals/langlo/article/PIIS2214-109X(26)00008-2/fulltext). De esos estudios se han hecho eco prensa de primer nivel mundial; he leído varios artículos en el New York Times el pasado febrero (por ejemplo, https://www.nytimes.com/2026/01/15/health/health-agreements-us-africa.html), y también en El País (he aquí, por ejemplo, sendas editoriales del 18 de febrero y del 21 de marzo, https://elpais.com/opinion/2026-02-18/catastrofe-en-la-ayuda-al-desarrollo.html, https://elpais.com/opinion/2026-03-21/cada-cinco-minutos-muere-un-nino-de-hambre.html).

Lamentablemente esos avisos están pasando desapercibidos para la opinión pública, apagados por las guerras promovidas por Trump, ya sean las arancelarias o las más clásicas a base de bombazos.

No es cuestión de andarse con eufemismos: con esos recortes ejecutados por Trump en la ayuda al desarrollo y, a su estela por otros países (aunque en menor cuantía, Alemania, Francia o Reino Unido también han aplicado recortes), se ha condenado a muerte a varias decenas de millones de personas, la mayoría niños y niñas del África subsahariana, aunque también de algunos países de Asia meridional y América central y del sur. En muchos casos esa muerte será por falta de vacunas para prevenir enfermedades, en otros casos la muerte sobrevendrá por hambre continuada. Aquí

https://childmortality.org/

se puede consultar datos precisos y detallados (aportados por la agencia de la ONU para la estimación de la mortalidad infantil el pasado 18 de marzo) de la extensión de ese horror en el año 2024, antes de que los recortes fueran decididos. La situación en 2025, ya afectada por los recortes, será de puro espanto, como ya muestran algunos indicadores.

Imagen 1

Como se ve en la imagen 1, el documento informa que en 2024 se produjeron 7 millones de muertes evitables en personas menores de 25 años, de los cuales 4.9 millones corresponden a niños y niñas menores de 5 años. Las previsiones del informe son aterradoras, advirtiendo de un aumento de la mortalidad que afectará adicionalmente a 28 millones más de niños y niñas para el quinquenio 2025-2029.

Ante estos números, es inevitable no pensar en el libro «El hambre» que Martín Caparrós publicó en 2015. Un libro ciertamente inquietante, en especial si además de buena persona –en el sentido machadiano– eres matemático. Y lo es porque lo que contaba de los hambrientos es cierto, y lo que afirmaba de los números, de la manipulación con los números, también. De la publicación del libro han pasado 10 años, en los que se constata que la mejora que se produjo en el periodo (2000-2015) se estancó algo en la década 2015-2024, y tiene toda la pinta de acabar arruinada y, en parte, revertida por los recortes en la cooperación al desarrollo abanderados por Trump.

El libro de Caparrós no trata de la versión más brutal –¡y mediática!– del hambre: la hambruna; o, puesto en el «burocratés» usado por la FAO: «malnutrición coyuntural aguda». El libro de Caparrós trata sobre «malnutrición estructural», por seguir con el burocratés. El hambre, tal y como la describe Caparrós, «No es el drama, la catástrofe, la irrupción espectacular del desastre sino la normalidad insidiosa de vidas en que no comer lo necesario es lo más habitual». La hambruna es excepcional, y cada año puede afectar a unos 50 millones de personas. El hambre, la malnutrición estructural, afecta cada año a cuarenta veces más personas: 2.000 millones. La hambruna mata, en proporción, más que el hambre, pero al ser cuarenta veces más los afectados por hambre crónica, esta causa, en términos absolutos, muchísimos más muertos y enfermos. Quizá por eso Caparrós dedica este libro a analizar el hambre y no la hambruna en nuestro mundo.

En el párrafo anterior aparecen más números. Aparentemente una herramienta aséptica que usamos para contar hambrientos, y niños y niñas que morirán de hambre y por falta de vacunas próximamente por los recortes en la ayuda al desarrollo. «En la sociedad del espectáculo, la malnutrición no tiene cómo ponerse en escena –escribe Caparrós–. Solo los números. Pero los números no tienen el sex-reppeal de una foto de un chico raquítico».

El libro de Caparrós está plagado de números… y de avisos de la manipulación que con ellos se puede realizar. «Los números son la coartada de un relativismo pobre. Si les pasa a muchísimos es muy malo, si a muchos es más o menos malo, si a pocos no es tan malo. Si este libro fuera valiente –si yo fuera valiente– no incluiría ningún número», afirma Caparrós; y antes: «Me refugio, canalla, en la cuevita de la cantidad». Y en otra ocasión: «Los números dan una apariencia de solidez a cualquier iniciativa, a cualquier política, a cualquier negocio, a cualquier protesta». Y también: «Los números son el idioma en que creemos que nos entendemos –pretendemos que nos entendemos, tratamos de entendernos–. Los números son la forma contemporánea de aprehender el mundo: aproximada, inexacta, soberbia».

En cierta ocasión un periodista me preguntó: «¿Si las matemáticas son ciencia, por qué hay tantos números en las supersticiones y las cábalas?» «Por la misma razón que los osos polares son blancos –contesté entonces–. Augures y cabalistas pretenden camuflar sus bobadas tras la fama de infalibles que tienen los números. Por eso también las bocas de los políticos segregan a veces números sin parar». Porque, añado ahora, no hay mejor manipulación que la basada en algo con tanta fama de infalible como los números. Es por eso que Caparrós, escribiendo sobre los hambrientos del mundo, tiene una y otra vez que avisar sobre los números, sobre la manipulación que con ellos se puede perpetrar: «Pero los números suelen ser, también, lo sabemos, el refugio de ciertos canallas».

A pesar de lo cual, hay que seguir denunciando la dramática previsión de la ONU: de no revertirse, los recortes en la ayuda al desarrollo matarán adicionalmente a 28 millones más de niños y niñas antes de 2029.

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