De árboles y bosques

Desde hace siete años, he tomado como costumbre releer al inicio del otoño el magnífico libro Los árboles te enseñarán a ver el bosque de Joaquín Araújo (1947-), naturalista y divulgador, publicado por Crítica en 2020.

Debo reconocer que desde que lo leí la primera vez mi percepción de lo que es un árbol ha cambiado profundamente, así como los sentimientos que su observación y convivencia con ellos me producen. Afirma Araújo en el libro que ha plantado por su mano 25.000 árboles (lo que casi equivale a uno por cada día de su vida) y ha estimulado la plantación de dos millones más con proyectos propios financiados por distintas entidades públicas y privadas. Los poco más de cien que yo he plantado en el jardín de mi casa desde que hace más de 30 años vivo allí son, como decimos los matemáticos, algo infinitesimal comparado con las cifras de Araújo; y, sin embargo, tras leer Los árboles te enseñarán a ver el bosque he encontrado un sentido nuevo al hecho de haberlos plantado, al hecho de vivir entre ellos, de beneficiarme de su sombra, de comer de sus frutos, incluso de calentarme con sus podas o cuando alguno, por desgracia, ha muerto atacado por algún parásito. El libro de Araújo me ha hecho comprender hasta qué punto han enriquecido mi vida; pero no sólo los que sombrean mi jardín, sino también aquellos otros entre los que frecuentemente paseo en los alrededores de mi casa, o los pinares de Puebla por los que tantas veces he corrido en grata compañía, o los de los parques públicos de tantas ciudades donde he buscado refugio de los agobios del tráfico y las bullas humanas, o los que conforman los bosques por los que alguna vez caminé. Tras leer el libro de Araújo es más fácil que a uno lo acoja el sentimiento de plenitud que provoca perderse por un bosque o una arboleda.

Hay una célebre frase de Galileo que afirma que las matemáticas son el lenguaje del universo. Desde mi punto de vista la frase original dice mucho menos de lo que luego ha venido a significar, pues Galileo se refiere explícitamente a triángulos, círculos y figuras geométricas, que obviamente sirven para describir algunos fenómenos físicos, cuando el verdadero lenguaje del universo es el del cálculo infinitesimal, descubierto medio siglo después de muerto Galileo; y para poner esto de manifiesto basta recordar que, por ejemplo, el electromagnetismo, la relatividad general y (buena parte) de la mecánica cuántica se formulan en términos de ecuaciones en derivadas parciales, o sea, mediante el lenguaje del cálculo infinitesimal (véase a este respecto Galileo: estar en el sitio adecuado en el momento adecuado). Viene esto a cuento porque Araújo también considera esa pregunta en su libro: ¿cuál es el lenguaje de la naturaleza?, entendiendo por “naturaleza” la vida sobre el planeta Tierra, y no al universo (al cosmos), como se refería Galileo en su cita.

Así que la pregunta sería: ¿cuál es el lenguaje que nos permitiría una mejor comprensión y conocimiento sobre la vida en la Tierra? Si se quiere, podemos precisar aún más: ¿cuál es el lenguaje que nos permitiría una mejor comprensión y conocimiento de los árboles (sin duda la más esplendorosa criatura que ha producido el reino vegetal sobre la Tierra)?

Ramón Margalef (1919-2004)

Según Araújo no es el lenguaje de la ciencia (o no sólo el lenguaje de la ciencia), sino el de la poesía. Araújo adscribe al también naturalista Ramón Margalef (1919-2004) esta idea: «Para describir cabalmente a un árbol», afirmó Margalef, «se necesita un poeta». Araújo lleva tiempo sosteniendo esa opinión (aquí lo explica en uno de sus programas de Radio 5 en septiembre de 2011) y en su libro vuelve insistentemente sobre ella. Y la verdad, no queda más remedio que aceptar el envite: quizá la ciencia no alcance para describir la esencia de un árbol. Así lo explica Araújo: «Con lo que empezaríamos a dar la razón a uno de los mejores biólogos de todos los tiempos: Ramon Margalef. Este enorme ecólogo reconoció los límites de la ciencia para algunas definiciones de lo esencial. De hecho asumió que llegado a cierto punto —y tras toda suerte de descripciones del árbol y sus funciones— se concluye que solo se está empezando a reconocer lo que se tiene delante y que a partir de ese escrutar la realidad biológica del gigante vegetal queda sin definir la mayor parte de lo que es. Por eso mismo el sabio biólogo dijo que esa tarea, la de describir y comprender profundamente a los árboles, le corresponde a la poesía». Y más adelante: «Lamento escapar a los presupuestos convencionales de la ciencia, pero me apoyan, insisto, consideraciones como las que aportaron algunos de los más avezados científicos que reconocieron, como hizo Ramón Margalef o Jorge Wagensberg, que a partir de un punto la descripción y comprensión de los componentes de la vida solo cabe hacerlo con el lenguaje de la poesía. Sin olvidar por supuesto que en sus adentros mucho de lo poético es anticipación de lo científico, o al menos confluye con lo correcto desde el punto de entendimiento de la ciencia. Sirva este ejemplo. Para el botánico convencional Árbol es una planta… Para mí es agua erguida que come luz y produce futuros. Para conseguirlo no domina, ni explota, ni acapara. Todo lo contrario, pacta. La amistad es lo realmente esencial en este mundo. Infinitamente más que la discordia y la dominación.»

Joaquín Araújo lleva cincuenta años enseñando ecologismo con el ejemplo, y esa verdadera autenticidad ecológica permea indeleblemente lo que escribe.

Joaquín Araujo en su residencia de las Villuercas (Cáceres)

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